miércoles, 13 de marzo de 2013

“Marxismo, feminismo y liberación de la mujer”: Sharon Smith


Inessa Armand, la primera dirigente del Departamento de la Mujer en la Revolución Rusa de 1917, hizo la siguiente observación: "Si la liberación de la mujer es impensable sin el comunismo, el comunismo es también impensable sin la liberación de la mujer". Esta afirmación es un perfecto resumen de la relación entre la lucha por el socialismo y la lucha por la liberación de la mujer: no es posible una sin la otra.

La tradición marxista asume, desde sus orígenes, con los escritos de Karl Marx y Friedrich Engels, la lucha por la liberación de la mujer. Ya desde el "Manifiesto Comunista", Marx y Engels argumentaron como la clase dominante oprime a las mujeres, relegándolas a "ciudadanas de segunda clase" en la sociedad y dentro de la familia: "el burgués ve en su mujer un mero instrumento de producción…, no sospecha siquiera que el verdadero objetivo que perseguimos [los comunistas] es el de acabar con esa situación de las mujeres como mero instrumento de producción".

Marx no dedicó mucho espacio en El Capital a describir el papel que cumple el trabajo domestico de las mujeres bajo el capitalismo. Tampoco examinó el origen de la opresión de la mujer en la sociedad de clases, a pesar de que tomó extensas notas etnológicas sobre este tema hacia el final de su vida.

Después de la muerte de Marx, Engels utilizó algunas de aquellas notas para su libro: "El Origen de la Familia, la Propiedad Privada y el Estado", donde analizaba el surgimiento de la opresión de las mujeres como el producto de la aparición de la sociedad de clases y de la familia nuclear. A pesar de que han sido necesarias varias revisiones para actualizar las tesis del libro de Engels, fueron pioneras, en su momento, como contribución a la comprensión de la opresión de las mujeres; en particular, porque Engels escribía en la Inglaterra victoriana, que no era, desde luego, una era ilustrada en lo que se refiere a la situación de las mujeres.

De hecho, en "El origen…" es más que notable la cuidadosa atención que Engels dedica a los aspectos personales de la opresión de las mujeres dentro del marco familiar, incluyendo la extrema degradación sufrida por las mujeres a manos de sus maridos, con un grado de desigualdad desconocida en las sociedades anteriores. Engels califica el surgimiento de la familia nuclear como "la derrota histórica del sexo femenino a nivel mundial". Aunque las notas de Marx sugieren que esta derrota histórica mundial se inicia y desarrolla durante un periodo de tiempo mas extenso, precediendo y conduciendo a la aparición de la sociedad de clases, con el resultado final de un enorme retroceso en la igualdad de las mujeres respecto de los hombres.

Además, Engels sostiene explícitamente que la violación y la violencia contra las mujeres se iniciaron dentro de la familia, en sus mismos orígenes:

"El hombre tomó el mando también en el hogar; la mujer fue degradada y reducida a la servidumbre; se convirtió en la esclava de su lujuria y en un mero instrumento para la producción de hijos…Para asegurar la fidelidad de su mujer y por tanto, la paternidad de sus hijos, es entregada sin condiciones al poder del marido; si él la mata, solo está ejerciendo sus derechos".

Engels también explicó cómo el ideal de la familia monógama en la sociedad de clases se basa en una hipocresía fundamental. Desde sus inicios, la familia ha estado marcada por el"carácter específico de la monogamia solo para la mujer, pero no para el hombre". Mientras que los actos de infidelidad de las mujeres, son duramente condenados, sin embargo, se consideran "honorables en el hombre o, en el peor de los casos, un leve pecadillo contra la moral que se puede asumir alegremente".

Esclavitud doméstica

Si algo se puede destacar, desde el inicio de la tradición marxista en cuanto a la emancipación de la mujer, es que el problema no ha sido nunca contemplado teóricamente como un asunto que concierne solo a las mujeres, sino como un tema en el que se debe implicar el conjunto de los lideres revolucionarios, tanto hombres como mujeres.  El revolucionario ruso León Trotsky escribió: "Para cambiar nuestras condiciones de vida, debemos aprender a mirar a través de los ojos de las mujeres". Del mismo modo, V.I. Lenin, solía referirse a la opresión de las mujeres dentro de la familia como "esclavitud doméstica".

La esclavitud doméstica, a la que Lenin hace referencia, es un elemento central en la teoría marxista sobre la opresión de las mujeres: la fuente de la opresión de las mujeres radica en el papel de la familia como reproductora de la fuerza de trabajo para el capitalismo, y en el papel desigual de la mujer en su seno. Mientras que la familia de las clases dominantes ha funcionado históricamente como una institución a través de la que transmitir la herencia entre generaciones, con el surgimiento del capitalismo, la familia de la clase obrera asumió la función de proporcionar al sistema una oferta abundante de mano de obra.

Es una forma muy barata para los capitalistas, pero no para los trabajadores, de reproducir la fuerza de trabajo, tanto en términos de reposición diaria de la fuerza de trabajo actual, como para su incremento numérico con generaciones futuras de trabajadores. Esta configuración sitúa casi toda la carga financiera para la crianza de los hijos y el mantenimiento del hogar sobre los hombros de las unidades familiares obreras, dependiendo básicamente de los salarios de uno o de los dos padres para la supervivencia, en lugar del gasto social del gobierno o de la clase capitalista.

El surgimiento de la familia de la clase obrera también comenzó a diferenciar claramente el carácter de la opresión que sufren las mujeres de distintas clases: el papel de las mujeres de clase alta es producir descendencia para heredar la riqueza de la familia, mientras que la función de las mujeres de la clase obrera es mantener las generaciones de trabajadores para hoy y mañana dentro de su propia familia; esto es, la reproducción de la fuerza de trabajo para el sistema. Engels sostenía que el papel de la "mujer proletaria" significa que "la esposa se convertía en la sirvienta principal (…) y que si lleva a cabo sus tareas al servicio privado de su familia, permanece excluida de la producción pública y sin salario; y si quiere tomar parte en la producción pública y obtener un salario independiente, no puede atender sus deberes familiares".

Actualmente, las exigencias del trabajo y de la familia compiten entre sí y son una fuente importante de estrés para las madres trabajadoras. Sobre todo en las familias obreras que no pueden permitirse el lujo de pagar servicios externos de lavandería, limpieza, cocina y ayuda en las tareas domésticas.

Para fortalecer la institución familiar, la ideología de la clase dominante obliga a mujeres y hombres a asumir roles de genero rígidamente diferenciados, incluyendo el ideal de criadora-ama de casa para las mujeres, sometidas al varón cabeza de familia y responsable de su sustento económico, sin que importe lo poco que tienen que ver realmente esos ideales con las vidas reales de la clase trabajadora. Desde la década de los 70, la gran mayoría de las mujeres forman parte de la fuerza de trabajo y, sin embargo, perviven tanto esos ideales familiares como la idea de que la mujer esta mejor dotada para asumir las tareas domésticas dentro de la familia. El papel de la mujer como cuidadora en el seno familiar reduce su status al de ciudadanas de segunda clase dentro del conjunto social, dado que se presupone que su principal responsabilidad, y su mayor contribución, es la de estar al servicio de las necesidades individuales de su familia.

Así, comprendiendo que el papel de la familia es la clave para entender la posición de ciudadanas de segunda que padecen las mujeres en la sociedad, responderemos a las preguntas básicas: ¿porqué aún no se ha conseguido aprobar la enmienda a la constitución sobre la igualdad de derechos que garantice la igualdad básica ante la ley para las mujeres norteamericanas?; ¿porqué las mujeres son relegadas al papel de objetos sexuales, sujetas a la aprobación o desaprobación de los hombres?; ¿porqué las mujeres seguimos, aún hoy, luchando por el derecho a controlar y decidir sobre nuestro propio cuerpo y nuestra vida reproductiva? Todo comenzó con la familia, pero sus repercusiones se extienden mucho mas allá de la vida dentro de la familia.

Los líderes de la Revolución Rusa de 1917 comprendieron no solo el papel central de la familia en la raíz de la opresión de las mujeres, sino también que las dificultades para lograr la igualdad de género dentro de la familia condicionaban la liberación de la mujer en el conjunto de la sociedad. Trotsky escribió en 1920: "Lograr la igualdad real entre el hombre y la mujer dentro de la familia es un problema arduo. Todos nuestros hábitos domésticos deberán ser revolucionados antes de que pueda suceder. Y, sin embargo, es obvio que si no hay verdadera igualdad entre marido y mujer en la familia, tanto en lo cotidiano como en sus condiciones de vida, no podremos hablar seriamente de su igualdad en el trabajo, en la sociedad o incluso en la política."

Luchar contra la opresión

También la Revolución Rusa comenzó a abordar, tanto a nivel teórico como práctico, la lucha contra la opresión como parte integral de la lucha por el socialismo, argumentando que el partido revolucionario debe de ser la "tribuna de los oprimidos". Lenin realizó la siguiente y sucinta explicación sobre como el objetivo de la toma de conciencia revolucionaria requiere de la voluntad de los trabajadores para defender los intereses de todos los oprimidos en la sociedad, como parte de la lucha por el socialismo:

"La conciencia de clase de los trabajadores no puede ser verdadera conciencia política si los obreros no están capacitados para responder a todo tipo de tiranía, opresión, violencia o abuso, no importa la clase que se vea afectada sí, además, se forman para responder desde un punto de vista Social-Demócrata y no de otro".

Esta formulación es extremadamente importante para entender el papel del movimiento socialista, no solo en la lucha de clases, sino también en la lucha contra toda forma de opresión. Y estaba esperando llegar aquí, para aplicar esta formula al tratamiento específico de la opresión de la mujer y lo que significa tanto en la teoría como en la práctica.

Lo que Lenin está destacando en esta cita es que aunque el sistema capitalista se basa, esencialmente, en la explotación de la clase obrera (y la clase es la clave de la división en la sociedad, entre explotadores y explotados), al mismo tiempo, el sistema capitalista también utiliza otras formas específicas de opresión para mantener el sistema. Y estas formas de opresión afectan a individuos de todas las clases, no solo a los obreros.

Un par de ejemplos, hoy bien conocidos, pueden ayudar a ilustrar este punto algo  más fácilmente. Primero, el prejuicio racial: conducir cuando se es negro o mulato no es un problema que afecte solo a la clase trabajadora, los negros u otro grupo oprimido racialmente. Lo cierto es que conducir un Mercedes de alta gama, vestido con un traje caro, no te libra de ser prejuzgado racialmente y de acabar detenido por la policía.

Tomemos otro ejemplo, esta vez específico de mujeres: "el techo de cristal". Existe una simple razón por la que las altas esferas del mundo empresarial y político siguen siendo abrumadoramente blancas y masculinas y es la del racismo y el sexismo puro y duro. Tenemos un circulo interno, blanco y masculino, rigiendo la sociedad, donde ni los negros ni las mujeres están invitados a entrar.

Sería un error decir: "¿por qué preocuparse de unos ricos? La opresión que sufren no es comparable con la que sufren la clase obrera y los pobres. Puede que sea en parte cierto, pero lo que Lenin argumentaba aquí es que la defensa de los derechos de todos los oprimidos es indispensable, no solo  para luchar eficazmente contra la opresión, sino que también es necesaria en la preparación de la clase obrera para dirigir la sociedad en interés de toda la humanidad.

¿Cómo podemos hoy día conciliar estos dos aspectos del marxismo: el papel de los revolucionarios en la auto-emancipación de la clase obrera y como adalides de todos los oprimidos, sin que importe la clase social afectada?.

Para nosotras resulta fácil abrazar la causa de las mujeres trabajadoras, formar sindicatos y organizar huelgas para reclamar el derecho a la igualdad salarial. Es una lucha obvia a la que damos nuestro apoyo incondicional. Pero lo cierto es que el mundo es mucho más complicado y algunos de los movimientos más importantes contra la opresión han surgido como movimientos no basados en la pertenencia de clase, incluyendo el feminista y la lucha por la igualdad de las mujeres.

Creo que la evidencia muestra, en particular, que los movimientos de los años 60 y principios de los 70, incluyendo los de la liberación de la mujer, el movimiento de liberación homosexual, en defensa de los derechos civiles y el nacionalismo negro, fueron poderosas luchas sociales que tuvieron un efecto transformador, tanto en la conciencia de masas en general como en la conciencia de las clases trabajadoras en particular.

Feminismo

Los avances del movimiento de liberación de las mujeres en la década de 1960 han tenido un efecto duradero en la sociedad y esa es la razón por la que la derecha se ha pasado los últimos 40 años atacando todas esas conquistas de los movimientos de mujeres. También por ello, el feminismo en sí ha sido objeto de ataques, que intentaban caricaturizar a las feministas como un grupo de mujeres amargadas, egoístas y sin sentido del humor, a las que no les gustan los hombres, ni resultan atractivas para ellos y por todo ello se pasan la vida inmersas en una mentalidad victimista, imaginando ver ataques sexistas por todos lados.

Así, en este punto de la historia, cuando el feminismo ha sufrido los últimos 40 años un ataque sostenido y sin que se vislumbre cuando acabará, lo último a lo que nos debemos sentir empujados es a atacar al feminismo. Al contrario, tenemos que defender el feminismo por principio, como defensa de la liberación de la mujer y en oposición al sexismo. ¿Cuál es la definición de feminismo?: la defensa de los derechos de la mujer en el terreno de su igualdad política, social y económica respecto de los hombres.

Lamentablemente, no todos los marxistas, ni en todo momento, comprendieron la necesidad de defender el feminismo y de valorar los enormes logros del movimiento de mujeres, ni siquiera después de que la era de los 60 dejara paso a la reacción. Esto incluye a algunos que pertenecen a nuestra propia tradición, la Tendencia Socialista Internacional que, a mi juicio, incurrió en un enfoque reduccionista de la liberación de la mujer hace algunas décadas. Y también podría añadir que nuestra propia organización, la ISO de EE UU, ha sobrellevado la marca de esa tradición en un par de puntos teóricos clave, que quiero aquí resumir brevemente.

En primer lugar, ¿qué es el reduccionismo? En su forma más pura, el reduccionismo supone que la lucha de clases resolverá el problema del sexismo por si misma, al revelar los verdaderos intereses de clase en oposición a la falsa conciencia. Este enfoque "reduce" los problemas de opresión a una cuestión de clase. También se acompaña, generalmente, de una reiteración del carácter objetivo de clase del interés de los hombres en acabar con la opresión de la mujer, sin asumir la pregunta más difícil: ¿cómo enfrentar el sexismo dentro de la clase obrera?

Obviamente, ésta somera aproximación no describe la tradición de la Tendencia Socialista Internacional que, después de los movimientos de liberación de la mujer de los años 60, se toma muy en serio la liberación de la mujer, como un elemento central de la lucha por el socialismo.

No obstante, yo diría que fue una adaptación en sentido reduccionista y una tendencia a minimizar la opresión que sufren las trabajadoras como mujeres lo que condujo a una errónea prueba de fuego teórica sobre la cuestión de como los hombres de la clase obrera se "benefician" de la opresión de las mujeres. También quiero dejar aquí claro que no estoy simplemente "señalando con el dedo", ya que, aunque en menor medida, nosotros en la ISO de EE UU adoptamos un enfoque similar.

Hubo un conjunto de artículos y un debate a mediados de los años 80, publicados en el "International Socialism Journal", en el que participaron algunos de los principales dirigentes del "Socialist Workers Party" (SWP) británico, que comenzaron a abordar las cuestiones que acabo de describir. No es posible aquí resumir todo aquel debate, pero si presentar algunos de sus puntos más significativos.

Empezaremos con un articulo de 1984 titulado: "Liberación de la Mujer y Socialismo Revolucionario" de Chris Harman, un destacado miembro del SWP.(Quiero aclarar que Harman fue uno de los grandes marxistas de su época, que jugó un papel clave en la formación de muchos de nosotros en la ISO. Así pues, el asunto que describo representa una pequeña, aunque significante, detracción en su, por otra parte, enorme contribución al marxismo). En su artículo Harman sostiene:

"De hecho, sin embargo, los beneficios que los hombres de la clase obrera reciben de la opresión de las mujeres son en realidad marginales…Los beneficios reales se reducen a la cuestión del trabajo doméstico. La pregunta es hasta que punto los hombres de la clase obrera se benefician del trabajo no remunerado de las mujeres.

Lo que los hombres de la clase obrera ganan, directamente, en términos del trabajo de su mujer, puede ser, más o menos, estimado. Es la cantidad de trabajo que tendría que realizar él si tuviera que limpiar y cocinar para sí mismo. No podría suponer más de una hora o dos al día. Una carga pesada para una mujer que tiene que realizar ese trabajo para dos personas después de una jornada laboral remunerada, pero no una enorme ganancia para el hombre trabajador".

No parece necesario señalar que en los comentarios de Harman se describen solo los beneficios "marginales" que reciben los hombres, sin hijos que añadir a la carga de las mujeres dentro del hogar.

Otro socialista británico, John Molyneux, contestó a los argumentos de Harman, diciendo que los beneficios de los hombres son algo más que marginales: "Harman nos dice que ello 'supone una carga pesada para una mujer que tiene que realizar ese trabajo para dos personas después de una jornada laboral remunerada', así pues ¿si no supone un beneficio importante para el hombre trabajador, no es necesario hacerlo?".

Los planteamientos de Molyneux provocaron una airada respuesta de Lindsey German y Sheila McGregor, miembros del Comité Central del SWP,  a los que Molyneux contestó de la misma manera. El debate no concluyó hasta 1986. Lindsey German opinó: "Las diferencias y ventajas que los hombres tienen no son, de ninguna forma, enormes; tampoco hay  beneficios tan sustanciales como John plantea. Por consiguiente, no existe base material que permita que los hombres sean 'comprados' a cambio de esas ventajas".

Sheila McGregor argumentó en contra como si Molyneux estuviera en vías de abandonar el marxismo por completo: "Si debemos tener una teoría adecuada sobre la opresión de las mujeres y como luchar contra ella, necesitamos basarnos en la tradición marxista. La posición de John, de que los hombres de la clase obrera se benefician de la opresión de las mujeres, es un primer paso hacía el abandono de esa tradición".

A lo largo de ese debate, la posición evolucionó desde la sostenida por Harman, (el carácter marginal de los beneficios obtenidos por los hombres), a la afirmación de que los hombres de la clase obrera no se beneficiaban, en absoluto, de la opresión de las mujeres, junto a la de que, incluso aquellas ventajas que tienen los hombres sobre las mujeres dentro de la familia, no son "sustanciales".

Beneficios

Si bien es cierto que el Capital es el primer beneficiario, tanto de la opresión de las mujeres en la familia, como de toda la basura sexista que se utiliza para reforzar el papel de la mujer como ciudadana de segunda clase (y también que los hombres de la clase obrera tienen un interés de clase objetivo en la liberación de la mujer), además, yo diría que plantear todo ello, simplemente así, da lugar a la tendencia a minimizar la gravedad de la opresión que sufren las mujeres y a no tomar en serio la necesidad de combatirla dentro de la clase obrera.

Como ejemplo de esto, baste comparar los argumentos del SWP británico de la época con los comentarios del propio Lenin en 1920, en las conversaciones mantenidas con la revolucionaria alemana Clara Zetkin algunos años después de la Revolución Rusa, cuando Lenin trató, en detalle, acerca de los obstáculos para alcanzar la liberación de las mujeres.

"¿Podría haber una prueba más palpable (de la continua opresión de las mujeres) que la de la visión corriente de un hombre observando, tranquilamente, como una mujer se agota con un trabajo trivial y monótono, trabajo que consume mucha fuerza y mucho tiempo, como es el doméstico y viendo, en ella, como su espíritu se encoje, su mente ensordece, su corazón se debilita y su voluntad languidece?…muy pocos maridos, ni siquiera los proletarios, piensan en lo mucho que podrían aliviar las cargas y preocupaciones de sus mujeres o, incluso, eliminarlas por completo, si les "echaran una mano" en ese 'trabajo de mujeres'. Pero no, eso iría contra el 'privilegio y la dignidad del hombre'. Él exige su comodidad y su descanso…"

Debemos erradicar el viejo punto de vista de amo del esclavo, tanto en el partido como en las masas. Es una de nuestras tareas políticas, una tarea tan urgente y necesaria como es la formación de un núcleo de camaradas, hombres y mujeres, con una sólida preparación, teórica y práctica, para el trabajo del Partido entre las mujeres trabajadoras."

El Partido Bolchevique, tanto antes como después de la Revolución, dedicó considerables recursos a la divulgación y la educación de las mujeres trabajadoras y campesinas, a través de su Departamento de la Mujer, mientras que, al mismo tiempo, argumentaba en contra de las actitudes sexistas de los hombres de la clase obrera.

Alexandra Kollontai, que fue un miembro destacado del Partido Bolchevique y una de sus principales teóricas en torno a la opresión de la mujer, asistió, en 1917, al primer Congreso Pan-Ruso de los Sindicatos, en el que hizo un llamamiento a los hombres de la clase obrera para que apoyaran la igualdad salarial de las trabajadoras. Esto es lo que dijo:

"Los trabajadores con conciencia de clase deben entender que el valor del trabajo masculino depende del valor del trabajo femenino y que, con la amenaza de sustituir la mano de obra masculina por mano de obra femenina más barata, el capitalista puede presionar sobre el nivel salarial de los hombres. Sola la falta de comprensión puede llevar a ver este tema como una mera 'cuestión de la mujer'".

Así que yo añadiría que, hoy en día, nuestro énfasis debería estar más en consonancia con la teoría y la práctica de los bolcheviques, no solo en cuanto a no minimizar el grado de opresión al que se enfrentan las mujeres, o cualquier grupo oprimido, dentro de la clase obrera, sino además, en realizar un serio esfuerzo, en todos los frentes, para combatirlo.

Además, la verdad es que el feminismo es un movimiento amplio y multifacético, con tendencias muy diferentes y con bases teóricas también muy diversas. Construir un "modelo de paja" con el feminismo, basándolo en sus formas más burguesas, para luego tumbarlo y finalmente pensar que ya hemos hecho nuestro trabajo intelectual, hace un flaco servicio a la lucha contra la opresión de las mujeres. Hay importantes debates entre las feministas a los que hemos permanecido ignorantes en gran parte y que pueden jugar un gran papel para avanzar en nuestra comprensión tanto de la opresión de las mujeres como del marxismo mismo.

Feminismo burgués

No estoy planteando aquí que debamos abrazar, por igual y sin posición crítica, todas las tendencias del feminismo. De hecho hay un ala específica a la que debemos tratar con hostilidad abierta: el feminismo burgués o de clase media. Las mujeres de la clase dominante y de la clase media se enfrentan a la opresión, pero eso no significa que podamos confiar en que puedan seguir una estrategia que las lleve a abordar el sufrimiento de la vasta mayoría de las mujeres que están en la clase obrera.

Por el contrario, el incremento del número de mujeres en la cúpula empresarial y en las listas electorales en los últimos 45 años institucionalizaron el feminismo de clase media bajo la forma de organizaciones como la "US National Organization for Women" y la "Feminist Majority Foundation", que no ven un problema en dedicar su atención exclusivamente a las necesidades de las mujeres de clases profesionales y directivas.

Esto ha dado paso, desde la década de 1990, a lo que se ha dado en llamar "Power Feminism" (poder feminista). La autora feminista Naomi Wolf resume mejor este nuevo enfoque, en su libro de 1994 "Fire with Fire". En esa obra, Wolf acuñó el término "Power Feminism" como alternativo al que llama: "Victim Feminism" (victimismo feminista) que, según la autora, incluye los "viejos hábitos" heredados por la izquierda revolucionaria de la década de los años 60, tales como el reflejo anti-capitalista, la mentalidad sectaria y la aversión al 'sistema'".

Wolf admite que el capitalismo es "la opresión de muchos por unos pocos", pero añade que "suficiente dinero rescata a la mujer de mucha opresión sexual". Este, en pocas palabras, es el mensaje de Wolf: las mujeres deben abrazar el capitalismo y conseguir todo el dinero y el poder que puedan para sí mismas. Pervirtiendo el marxismo, sostiene que "mientras esperan la 'revolución', las mujeres están mejor con los medios de producción en sus propias manos…las empresas de mujeres pueden ser las células del Poder del siglo XXI."

De hecho, Wolf asume las diferencias de clase entre las mujeres, argumentando que: "Va a haber épocas en las que las agresiones de una mujer contra otra sea saludable, incluso un energizante corolario del hecho de haber alcanzado la plena participación social…Hay mujeres que dirigen, critican y despiden a otras mujeres, y sus empleados, a veces, comprensiblemente, odiarán su coraje".

Ninguna socialista ni feminista debe sentirse obligada a aliarse con el "Power Feminism" o con cualquier otra rama del feminismo de clase media. El feminismo burgués no es nada nuevo y el punto de vista sobre él de los bolcheviques es muy instructivo para nosotros, hoy en día. Una vez más, Alexandra Kollontai nos presenta un enfoque aplicable a la situación actual. En un panfleto de 1909, titulado: "Los fundamentos socialistas de la Cuestión de la Mujer", explicaba por qué no puede darse una alianza entre la clase obrera y las mujeres de la clase dominante, a pesar de algunos aspectos de su opresión compartida:

"El mundo de las mujeres se divide, como el mundo de los hombres, en dos bandos: los intereses y las aspiraciones de una parte la acercan hacia la clase burguesa, mientras que la otra esta en estrecha relación con el proletariado y su propuesta libertadora incluye una solución completa de la cuestión de la mujer. Así pues, aunque ambas partes persigan en general la "liberación de la mujer", sus objetivos e intereses son distintos. Cada uno de las partes, inconscientemente, establece sus propuestas iniciales a partir de los intereses y aspiraciones de su propia clase, lo que dota de un color específico de clase a los objetivos y tareas que establecen para si mismas…

A pesar de la aparente radicalidad de las demandas de las feministas, no hay que perder de vista el hecho de que las feministas no pueden, en razón de su posición de clase, luchar por la transformación fundamental de la sociedad, sin la que la liberación de la mujer no podrá ser completa."

Segregacionismo

Hay una segunda corriente del feminismo que los marxistas y las feministas socialistas deben rechazar de plano, aunque desde los años 70 no se haya destacado: el segregacionismo, que insiste en que todos los hombres de la clase obrera comparten con todos los hombres de la clase dominante el sistema de patriarcado que oprime a las mujeres.

En contraste con el uso actual del término patriarcado, que se limita a describir un sistema sexista, el segregacionismo priorizó la opresión de las mujeres sobre todas las demás formas de opresión, incluido el racismo.

Como ejemplo, en el análisis que sobre la violación realiza Susan Brownmiller, en su libro publicado en 1975 "Agains our Will: Men, Women and Rape" ("Contra nuestra voluntad: hombres, mujeres y violación"), llegó a conclusiones abiertamente racistas en su relato del linchamiento, en 1955, de Emmett Till. Till, un joven de color, tenia 14 años cuando, durante una visita veraniega a su familia de Jin Crow, en Missisipi, cometió el "crimen" de silbar al paso de una mujer blanca casada, llamada Carolyn Bryat. Una mera travesura adolescente, por la que Till fue torturado y tiroteado antes de que su joven cuerpo fuera arrojado al río Tallahatchie.

A pesar del cruel linchamiento de Till, Brownmiller describe al joven negro y a su asesino como si compartieran el mismo poder, usando un planteamiento abiertamente racista: "Rara vez un solo caso, como el de Till, sirve para exponer, con tanta claridad, los antagonismos subyacentes en el grupo social masculino por el acceso a las mujeres…En términos concretos, la accesibilidad a todas las mujeres blancas estaba en discusión".

Otras corrientes del feminismo tienen un historial ambiguo. La teoría del sistema dual, adoptada por algunas feministas socialistas, intentaba combinar el análisis del capitalismo y del patriarcado,  pero fue ampliamente incapaz de superar la contradicción inherente al tratar de combatir estas dos estructuras paralelas. La primera requiere la unidad de hombres y mujeres trabajadores en una lucha contra el enemigo común en el capitalismo, mientras que la segunda exige la unidad de las mujeres de todas las clases contra el enemigo común en el patriarcado, del que forman parte, a su vez, los hombres de todas las clases sociales.

Una tercera corriente del feminismo, en los años 90, despojó a la teoría del patriarcado de su primacía, en un esfuerzo consciente por dar la misma prioridad a la lucha contra el racismo y por los derechos LGTB, lo que supuso un enorme paso adelante. Pero, al mismo tiempo, los seguidores de esta corriente, cayeron en la trampa postmodernista del individualismo y se retiraron de la lucha colectiva, priorizando los cambios en el estilo de vida y el lenguaje a la construcción de un movimiento que podría desafiar el sistema.

Las feministas marxistas

La corriente feminista a la que se le ha prestado menor atención es la de las feministas socialistas y las feministas marxistas, que, sin embargo, son las que han hecho la mayor contribución para avanzar en la teoría sobre la opresión de la mujer a lo largo de las últimas décadas.

Estas feministas han recibido poca atención en todos los frentes. Durante el reinado del postmodernismo, la mayoría de los postmodernistas, incluyendo a las feministas postmodernas, rechazaron su contribución por el hecho de haber adoptado una teoría unificadora (el marxismo). Al mismo tiempo, fueron también ignoradas por muchos marxistas (incluyéndonos a nosotros, la Tendencia Socialista Internacional), simplemente porque eran feministas. Solo ahora están recibiendo la atención que merecen.

Este grupo de feministas ha ido desarrollando y ampliando la comprensión marxista del papel que las mujeres juegan en la reproducción de la clase obrera como un servicio prestado al sistema capitalista. Tomando los conceptos básicos que Marx plantea en El Capital sobre el papel de la reproducción social, (es decir, el proceso por el que el sistema capitalista se mantiene y reproduce a través de generaciones), feministas como Lise Vogel, (cuyo libroMarxism and the Oppression of Women pronto será reeditado por Haymarket Books), los retomaron donde Marx los dejó y por primera vez, desarrollaron una comprensión sofisticada del papel del trabajo domestico, usando el concepto de Marx de "trabajo necesario".

Me gustaría también mencionar la contribución de Martha Giménez, cuya aplicación del marxismo a la opresión de las mujeres es ya larga. Al igual que Vogel, Giménez ha jugado un papel en los debates de otras feministas sobre muchos temas esenciales, como el que plantea el marxismo como un reduccionismo, al referirse a la reproducción de la fuerza de trabajo como un servicio prestado al Capital y no para los hombres. Giménez decía en 2005:

"La noción de que bajo el capitalismo, el modo de producción determina el modo de reproducción y, consecuentemente, relaciones desiguales observables entre hombres y mujeres, no es una forma de "economicismo" o un "reduccionismo de clase", sino el reconocimiento de la compleja red de efectos de nivel macro que actúa sobre las relaciones hombre-mujer, de un modo de producción impulsado por la acumulación de capital en lugar de por el objetivo de satisfacer las necesidades de la gente. Sostener lo contrario, postulando la "mutua interacción" entre la organización de la producción y la organización de la reproducción, o dando primacía causal a esta última, es pasar por alto la importancia teórica de la abrumadora evidencia que documenta la subordinación capitalista de la reproducción a la producción".

Estas feministas no solo han jugado un papel clave en el avance de la teoría marxista sobre la opresión de las mujeres, sino que además nos recuerdan que el marxismo es una teoría viva y de plena actualidad que está aún en proceso de desarrollo. Y que profundizar en la teoría  marxista y feminista significa también, profundizar y ampliar el potencial de futuro de nuestra práctica, en la lucha contra la opresión de la mujer.

Finalmente, creo que merece la pena enfatizar que necesitamos, no solo una teoría marxista y feminista, sino también una práctica marxista y feminista en la lucha por la liberación de la mujer. Esa práctica debe incluir  la construcción de un partido revolucionario, ya que sin un partido socialista revolucionario no puede triunfar una revolución socialista.

Aunque el éxito de la revolución socialista no garantiza automáticamente la liberación de las mujeres, si que crea las condiciones materiales para ello. Y es a través del proceso revolucionario, en todas sus etapas, desde la primera a la última, cuando los revolucionarios, en la tradición del Partido Bolchevique, tienen un papel crucial que desempeñar combatiendo toda forma de opresión, no solo desde arriba, sino también desde el interior de la clase obrera. No hay sustituto posible en ese proceso. Marx lo dejo bien claro cuando sostuvo: "La revolución es necesaria, por tanto, no solo porque la clase dominante no pueda ser derrocada de otra manera, sino porque la clase que la derroca solo puede alcanzar el éxito en la revolución si se desembaraza, ella misma, de toda esa vieja basura y se muestra capaz de construir una nueva sociedad".

Si el papel de los revolucionarios es indispensable, seremos más eficaces si no minimizamos los desafíos a los que nos enfrentamos en la lucha contra el sexismo, dentro de la clase obrera, si los reconocemos y, sobre estas bases, somos capaces de desarrollar una estrategia que tenga como objetivo movilizar al conjunto de la clase obrera para conseguir la liberación de la mujer.

 

Sharon Smith, feminista marxista estadounidense, es autora de Mujeres y Socialismo: Ensayos sobre la liberación de la mujer.

Traducción para www.sinpermiso.info: Lola Rivera

lunes, 17 de diciembre de 2012

Introducción al “Manifiesto Comunista” de Marx y Engels por Eric Hobsbawm

En conmemoración de la muerte del renombrado erudito e historiador marxista Eric Hobsbawm, Verso presenta su introducción a la edición más reciente de El manifiesto comunista de Marx y Engels, para deleite de todos. (Matthew Cole).

 

I

En la primavera de 1847 Karl Marx y Frederick Engels acordaron afiliarse a la llamada Liga de los Justos (Bund der Gerechten), una rama de la anterior Liga de los Proscritos (Bund der Geächteten), sociedad secreta revolucionaria creada en París en la década de 1830 bajo la influencia de la Revolución Francesa por artesanos alemanes, la mayoría sastres y carpinteros, y todavía compuesta principalmente por estos artesanos expatriados radicales. La Liga, convencida de su "comunismo crítico", se ofreció a publicar un manifiesto redactado por Marx y Engels como su documento político y también a modernizar su organización siguiendo sus líneas. Y efectivamente se reorganizó en el verano de 1847, cambiando su antiguo nombre por el de Liga de los Comunistas (Bund der Kommunisten) comprometida con el propósito de "derrocar a la burguesía, instaurar el dominio del proletariado, acabar con la vieja sociedad basada en las contradicciones de clase (Klassengegensätzen) y establecer una nueva sociedad sin clases ni propiedad privada". Un segundo congreso de la Liga celebrado también en Londres en los meses de noviembre y diciembre de 1847 aceptó formalmente los objetivos y nuevos estatutos e invitó a Marx y a Engels a redactar el nuevo Manifiesto exponiendo los objetivos y políticas de la Liga.

Aunque tanto Marx como Engels prepararon borradores y el documento representa claramente los puntos de vista de ambos, el texto final fue escrito casi con toda certeza por Marx, tras una reprimenda a éste por parte del Ejecutivo, puesto que a Marx, tanto entonces como después, le resultaba difícil terminar sus textos sin el apremio de una fecha límite. La ausencia virtual de borradores anteriores sugiere que lo escribió a toda prisa (i). El documento resultante, de veintitrés páginas, titulado Manifiesto del Partido Comunista (conocido desde 1872 como El Manifiesto Comunista), se publicó en febrero de 1848 tras imprimirlo en las oficinas de la Asociación Educativa de los Trabajadores, más conocida como la Communistischer Arbeiterbildungsverein, que sobrevivió hasta 1914 en el 46 de Liverpool Street de Londres.

Este pequeño panfleto es el texto político más influyente desde la Declaración de los derechos humanos y ciudadanos de la Revolución Francesa. Por suerte estaba ya en la calle antes de que estallaran las revoluciones de 1848, que desde París se propagaron como un incendio forestal por todo el continente europeo. Aunque su horizonte era firmemente internacionalista -la primera edición anunciaba de forma optimista pero errónea la publicación inminente en inglés, francés, italiano, flamenco y danés- su impacto inicial fue exclusivamente en alemán. A pesar de que la Liga Comunista era pequeña, desempeñó un papel significativo en la revolución alemana, al menos mediante el periódico Neue Rheinische Zeitung [La Nueva Gaceta Renana] (1848-49), que editaba Karl Marx. La primera edición del Manifiesto se imprimió tres veces en unos meses, por capítulos, en la Deutsche Londoner Zeitung, corregida y maquetada de nuevo en 30 páginas en abril o mayo de 1848, pero desapareció de la circulación con el fracaso de las revoluciones de 1848. Cuando Marx se estableció en Inglaterra en 1849 para comenzar su exilio de por vida, los ejemplares que quedaban del Manifiesto eran tan escasos que pensó que valía la pena reimprimir la Sección III (Socialistische und kommunistische Literatur) en el último número de su revista de Londres , Neue Rheinische Zeitung, politisch-ökonomische Revue [La nueva gaceta renana, revista político económica] (noviembre de 1850), poco leída.

Nadie podía predecir un futuro tan extraordinario del Manifiesto en las décadas de 1850 y 1860. Un impresor alemán emigrado imprimió privadamente una nueva edición en Londres, probablemente en 1864, y otra pequeña edición en Berlín en 1866, la primera publicada en Alemania. Entre 1848 y 1868 parece que no hubo traducciones, excepto una versión en sueco, publicada probablemente a finales de 1848, y otra en inglés en 1850, significativas en la historia bibliográfica del Manifiesto sólo porque la traductora parece haber consultado a Marx o seguramente a Engels puesto que ella vivía en Lancashire. Ambas versiones desaparecieron sin dejar rastro. A mediados de la década de 1860 no quedaba prácticamente nada impreso de lo que había escrito Marx.

El protagonismo de Marx en la Asociación Internacional de Trabajadores (la denominada "Primera Internacional", 1864-1872) y la aparición en Alemania de dos partidos importantes de la clase obrera, ambos fundados por antiguos miembros de la Liga Comunista que lo tenían en gran estima, llevó a un resurgimiento del interés por el Manifiesto, al igual que por otros escritos suyos, en especial el de su lúcida defensa de la Comuna de París de 1871 (conocido como La guerra civil de Francia) que le proporcionó una considerable notoriedad en la prensa como líder peligroso de la subversión internacional, temido por los gobiernos. Y en particular el juicio por traición a los líderes de la Socialdemocracia alemana Wilhelm Liebknecht, August Bebel y Adolf Hepner en marzo de 1872 le proporcionó una publicidad inesperada. La acusación leyó el texto del Manifiesto, lo que proporcionó a los socialdemócratas su primera oportunidad de publicarlo legalmente en una larga tirada como documento perteneciente al procedimiento judicial. Como parecía lógico que un documento escrito antes de la revolución de 1848 necesitara algunas correcciones y comentarios explicativos, Marx y Engels escribieron el primero de los prefacios de todos los que desde entonces han acompañado a las nuevas ediciones del Manifiesto (ii). Por motivos legales el prefacio no se pudo distribuir legalmente en su momento, pero la edición de 1872 (basada en la de 1866), se convirtió en la base de todas las ediciones posteriores. Mientras tanto, entre 1871 y 1873, aparecieron al menos nueve ediciones del Manifiesto en seis lenguas.

Durante los cuarenta años siguientes el Manifiesto conquistó el mundo, empujado por el surgimiento de los nuevos partidos laboristas (socialistas), en los que la influencia marxista creció rápidamente en la década de 1880. Ninguno de estos eligió la denominación de Partido Comunista hasta que los bolcheviques rusos volvieron a la denominación original después del triunfo de la Revolución de Octubre, pero el título de Manifiesto del Partido Comunista permaneció inalterado. Incluso antes de la Revolución Rusa de 1917 ya se habían imprimido varios centenares de ediciones en unos treinta idiomas, incluidas tres ediciones en japonés y una en chino. Sin embargo la zona en la que tuvo más influencia fue el cinturón central de Europa que va desde Francia en el oeste hasta Rusia en el este. No sorprende que el mayor número de ediciones se realizara en ruso (70) más otras 35 en las lenguas del imperio zarista: 11 en polaco, 7 en yidis, 6 en finlandés, 5 en ucraniano, 4 en georgiano y 2 en armenio. Hubo 55 ediciones en alemán y para el imperio de los Habsburgo, 9 en húngaro, 8 en checo y solo 3 en croata, una en eslovaco, otra en esloveno y 34 en inglés, lo que incluye los EE.UU., (donde la primera traducción apareció en 1871), 26 en francés y 11 en italiano, la primera en 1889 (iii). El impacto en el suroeste europeo fue limitado: 6 ediciones en español (incluida América Latina) y una en portugués. También fue bajo el impacto en el sureste de Europa, 7 ediciones en búlgaro, 4 en serbio, 4 en rumano y una sola edición en ladino, presumiblemente editada en Salónica. El norte de Europa estuvo moderadamente bien representado con 6 ediciones en danés, 5 en sueco y 2 en noruego (iv).

Esta desigual distribución geográfica no solo reflejaba el desarrollo desigual del movimiento socialista y de la propia influencia de Marx, tan distinta de otras ideologías revolucionarias como el anarquismo. Debe recordarnos también que no existía una estrecha correlación entre el tamaño y la fuerza de los partidos socialdemócratas y laboristas en cuanto a la difusión del Manifiesto. Así, hasta 1905 el Partido Socialdemócrata Alemán, con cientos de miles de afiliados y millones de votantes, imprimió las nuevas ediciones del Manifiesto en tiradas menores de 2.000 o 3.000 copias. Del programa de Erfurt del partido de 1891 se tiraron 120.000 ejemplares mientras que, al parecer, no se imprimieron más de 16.000 copias del Manifiesto en los 11 años comprendidos entre 1895 y 1905, cuando en este último año la circulación de su revista teórica Die Neue Zeit era de 6.400 ejemplares (v). No se esperaba del afiliado medio de un partido marxista socialdemócrata de masas que aprobase exámenes de teoría. Al contrario, las 70 ediciones de la Rusia prerrevolucionaria se correspondían con una combinación de organizaciones, ilegalizadas la mayor parte del tiempo, cuyo número total de miembros no pasaría de unos pocos miles. Asimismo las 34 ediciones en inglés fueron publicadas por y para las sectas marxistas dispersas por el mundo anglosajón que operaban en el ala izquierda de los partidos laboristas y socialistas de entonces. Éste era el entorno "en el que la claridad de un camarada se medía invariablemente por las señales en su Manifiesto" (vi). En otras palabras, los lectores del Manifiesto, aunque formaban parte de los nuevos partidos y movimientos laboristas socialistas, casi con toda seguridad no eran una muestra representativa de su afiliación. Eran hombres y mujeres con un interés especial en la teoría que subyace en estos movimientos. Y seguramente esto es verdad todavía.

Esta situación cambió después de la Revolución de Octubre, por lo menos en los partidos comunistas. A diferencia de los partidos de masas de la Segunda Internacional (1889-1914), los de la Tercera Internacional (1919-43) esperaban que todos sus miembros comprendieran la teoría marxista o al menos mostraran algún conocimiento de la misma. Desapareció la dicotomía entre los líderes políticos de hecho, desinteresados en la escritura de libros, y los 'teóricos' como Karl Kautsky, conocido y respetado como tal, pero no como político práctico en la toma de decisiones. Siguiendo a Lenin, ahora se suponía que todos los líderes debían ser teóricos importantes puesto que todas las decisiones políticas estaban justificadas con base en el análisis marxista, o más probablemente en la autoridad textual de 'los clásicos': Marx, Engels, Lenin y a su debido tiempo, Stalin. La publicación y distribución a nivel popular de los textos de Marx y Engels se convirtió en una cuestión más importante para el movimiento de lo que había sido en los tiempos de la Segunda Internacional. Se publicaban desde series con los textos más cortos, probablemente siguiendo el ejemplo de la editorial alemana Elementarbücher des Kommunismus durante la República de Weimar, hasta compendios adecuadamente seleccionados de lecturas tales como la inestimable Selección de correspondencia de Marx y Engels, primero en dos volúmenes y después en tres, o las Obras Reunidas de Marx y Engels en dos o en tres volúmenes, así como la preparación de las Obras Completas (Gesamtausgabe), todo respaldado por los recursos ilimitados a estos efectos del Partido Comunista de la Unión Soviética y muchas veces imprimidas en la Unión Soviética en una gran variedad de lenguas extranjeras.

El Manifiesto Comunista se benefició de esta nueva situación de tres maneras. Su circulación sin duda aumentó. La edición barata publicada en 1932 por las editoriales oficiales de los partidos comunistas estadounidense y británico "de cientos de miles" de copias se ha descrito como "probablemente la mayor edición masiva jamás impresa en inglés" (vii). El título del Manifiesto ya no era una supervivencia histórica, sino que se vinculaba directamente con la política de la época. Desde el momento en que un Estado principal afirmó representar la ideología marxista, la posición del Manifiesto como texto de ciencia política quedó reforzada y consecuentemente entró en los programas educativos de las universidades, destinada a expandirse rápidamente después de la Segunda Guerra Mundial, cuando el marxismo de los lectores intelectuales iba a encontrarse con su público más entusiasta en las décadas de los 60 y 70.

La URSS emergió de la Segunda Guerra Mundial como una de las dos superpotencias, encabezando una vasta región de Estados comunistas y de Estados satélite. Los partidos comunistas occidentales, con la notable excepción del partido comunista alemán, emergieron más fuertes de lo que fueron nunca, ni parecía probable que lo fueran a ser. Aunque había empezado la Guerra Fría, en el año de su centenario el Manifiesto lo publicaban no solamente los editores comunistas o marxistas, sino también editoriales no políticas en grandes ediciones con introducciones de académicos eminentes. En otras palabras, ya no era solo un documento marxista clásico, sino que se había convertido en un clásico político y punto.

Sigue siendo un clásico incluso después del final del comunismo soviético y del declive de los partidos y movimientos marxistas en muchas partes del mundo. En los Estados sin censura, se puede encontrar en librerías o bibliotecas. El propósito de una nueva edición no es por tanto poner el texto de esta asombrosa obra maestra al alcance de todo el mundo y menos aún revisitar un siglo de debates doctrinales acerca de la interpretación "correcta" de este documento fundamental del marxismo. Se trata de recordarnos de que el Manifiesto aún tiene mucho que decir al mundo en las primeras décadas del siglo XXI.

 

II

¿Qué tiene que decir? Se trata, por supuesto, de un documento escrito para un determinado momento histórico. Parte del mismo quedó obsoleto casi de inmediato, como por ejemplo las tácticas recomendadas a los comunistas en Alemania, que no se aplicaron durante la revolución de 1848 y sus secuelas. Otra parte del mismo se fue quedando obsoleta a medida que transcurrían los años que separaban a los lectores de la fecha en que se escribió. Hacía mucho tiempo que Guizot y Metternich ya no lideraban gobiernos para ser personajes de los libros de historia y el zar ya no existe (aunque el Papa sí). En cuanto a la discusión sobre la "literatura socialista y comunista", los propios Marx y Engels reconocieron en 1872 que ya entonces estaba desfasada.

Y lo que es más importante: con el paso del tiempo, el lenguaje del Manifiesto ya no era el de sus lectores. Por ejemplo, se ha comentado ampliamente la frase que decía que el avance de la sociedad burguesa había rescatado "a una parte considerable de la población de la idiotez de la vida rural". Pero mientras no hay duda de que Marx en ese momento compartía el desprecio e ignorancia habituales del habitante de la ciudad hacia el entorno campesino, la frase alemana actual y analíticamente más interesante de dem Idiotismus des Landlebens entrissen no se refiere a la "estupidez", sino al "horizonte estrecho" o "al aislamiento del conjunto de la sociedad" en que vivía la gente del campo. Hacía eco del significado original del término griego idiotes, de donde se derivan los significados actuales de "idiota" o "idiotez": "una persona preocupada solo de sus asuntos privados y no de los de una comunidad más amplia". Desde 1840 y en los movimientos cuyos miembros, al contrario que Marx, no habían recibido una educación clásica, el sentido original se desvaneció y se malinterpretó.

Esto resulta aún más evidente en el vocabulario político del Manifiesto. Los términos como Stand (Estado), Demokratie (democracia) o "nación/nacional", o bien tienen poca aplicación a las políticas de finales del siglo XX o han dejado de tener el significado que tenían en el discurso político o filosófico de la década de 1840. Por poner un ejemplo obvio: el "Partido Comunista", de cual nuestro texto afirmó ser el Manifiesto, no tuvo nada que ver con los partidos de la política democrática moderna, ni con los "partidos de vanguardia" del comunismo leninista, sin mencionar los partidos estatales de tipo soviético o chino. Ninguno de estos partidos existía en aquel momento. La palabra "partido" todavía significaba esencialmente una tendencia o corriente de opinión o táctica, aunque Marx y Engels reconocían que en cuanto esto se materializaba en los movimientos de clase, se desarrollaba algún tipo de organización (diese Organisation der Proletarier zur Klasse, und damit zur politischen Partei). De ahí la distinción en la sección IV entre "los partidos de clase obrera existentes… los cartistas en Inglaterra, los reformistas agrarios en Estados Unidos" y otros, no constituidos todavía (viii). Como deja claro el texto, en esta etapa el partido comunista de Marx y Engels no constituía una organización ni intentaba serlo, y menos pretendía ser una organización con un programa específico distinto al de las demás organizaciones (ix). Por cierto, no se menciona en el Manifiesto el sujeto real en cuyo nombre se escribió, la Liga de los Comunistas.

Por otra parte, queda claro que el Manifiesto no solo se escribió en y para una situación histórica determinada, sino que también representaba una fase relativamente inmadura del desarrollo del pensamiento marxista. Y esto se hace más evidente en los aspectos económicos. Aunque Marx había empezado en serio a estudiar la economía política en 1843, no se propuso desarrollar el análisis económico expuesto en El Capital hasta que llegó exiliado a Inglaterra después de la Revolución de 1848 y tuvo acceso a los tesoros de la biblioteca del Museo Británico en el verano de 1850. De ahí que la distinción entre la venta de su mano de obra al capitalista por parte del obrero y la venta de su fuerza de trabajo que resulta esencial para la teoría marxiana de la plusvalía y la explotación no se había hecho en el Manifiesto. Tampoco opinaba el Marx maduro que el precio de la mercancía "trabajo" era su coste de producción; es decir, el coste del mínimo fisiológico de mantener con vida al trabajador. En resumen, Marx escribió el Manifiesto menos como economista marxiano que como comunista ricardiano.

Y sin embargo, a pesar de que Marx y Engels recordaban a los lectores que el Manifiesto era un documento histórico desfasado en muchos aspectos, promovieron y ayudaron la publicación del texto de 1848 con modificaciones y aclaraciones relativamente menores (x). Reconocieron que seguía siendo una importante exposición del análisis que distinguía su comunismo de todos los demás proyectos existentes para la creación de una sociedad mejor. En esencia este análisis era histórico. Su núcleo era la demostración del desarrollo histórico de las sociedades y específicamente de la sociedad burguesa, que reemplazó a sus predecesoras, revolucionó el mundo y a su vez creaba necesariamente las condiciones para su reemplazo inevitable. Al contrario que la economía marxiana, "la concepción materialista de la Historia" que subyace en este análisis había encontrado ya su formulación madura a mediados de la década de 1840, y había permanecido prácticamente sin cambios en los años posteriores (xi). En este aspecto el Manifiesto era ya un documento definitorio del marxismo. Encarnaba una visión histórica, aunque su esquema general requería un análisis más detallado.

 

III

¿Qué impresión causará el Manifiesto al lector que accede hoy al mismo por primera vez? El nuevo lector no puede dejar de ser arrastrado por la convicción apasionada, la brevedad concentrada, la fuerza intelectual y estilística de este asombroso panfleto. Está escrito como en un único estallido creativo, con frases lapidarias que se transforman de forma casi natural en aforismos memorables que se conocen mucho más allá del mundo del debate político: desde la apertura "Un fantasma recorre Europa, el fantasma del comunismo", hasta el final "Los proletarios no tienen nada que perder más que las cadenas. Tienen un mundo que ganar" (xii). Igualmente fuera de lo común en la escritura alemana del siglo XIX son los párrafos cortos, apodícticos, generalmente de una a cinco líneas. Solo en cinco casos, entre más de doscientos, hay quince líneas o más. Sea lo que sea, El Manifiesto Comunista como retórica política tiene una fuerza casi bíblica. En resumen, es imposible negar su irresistible poder literario (xiii).

No obstante, lo que indudablemente impactará al lector contemporáneo del Manifiesto es el diagnóstico notable del carácter revolucionario y el impacto de la "sociedad burguesa". No se trata simplemente de que Marx reconociera y proclamara los extraordinarios logros y el dinamismo de una sociedad que detestaba, para sorpresa de más de un defensor posterior del capitalismo ante la amenaza roja. De lo que se trata es que el mundo transformado por el capitalismo que describió en 1848, en pasajes de elocuencia oscura y lacónica, se reconoce en el mundo en que vivimos hoy, 150 años después. Curiosamente, el optimismo poco realista de dos revolucionarios de veintiocho y treinta años ha demostrado ser la fuerza más perdurable del Manifiesto. Porque aunque el "fantasma del comunismo" obsesionó realmente a los políticos y aunque Europa atravesaba un periodo de crisis económica y social y estaba al borde de la mayor revolución a escala continental de su historia, estaba claro que no se daban los fundamentos necesarios que respaldaran la convicción del Manifiesto de que se aproximaba el momento de derrocar el capitalismo (la revolución burguesa en Alemania iba a ser el preludio de la revolución proletaria que le sucedería). Al contrario. Como sabemos ahora, el capitalismo se disponía a comenzar su primer periodo de avance global triunfal.

Dos cosas contribuyeron a la fuerza del Manifiesto. La primera es su visión, incluso en el mismo comienzo de la marcha triunfal del capitalismo, de que este modo de producción no era permanente, estable, "el fin de la historia", sino una fase temporal de la historia de la humanidad, destinada como sus predecesoras a ser sustituida por otro tipo de sociedad (a no ser –y esta frase del Manifiesto no se ha estudiado con suficiente atención– que se derrumbara "sobre la ruina común de las clases contendientes"). La segunda es su reconocimiento de las necesarias tendencias históricas a largo plazo del desarrollo capitalista. El potencial revolucionario de la economía capitalista era ya evidente. Marx y Engels no pretendieron ser los únicos que lo reconocieran. Desde la Revolución Francesa algunas de las tendencias que observaron se imponían claramente. Por ejemplo el declive de las "provincias independientes o débilmente asociadas, con intereses, leyes, gobernantes y sistemas fiscales separados", ante los estados-nación "con un gobierno, un código de derecho, un interés nacional de clase, una frontera y un arancel aduanero. Sin embargo, al final de la década de 1840, lo que había conseguido la "burguesía" era mucho más modesto que los milagros que se le atribuían en El Manifiesto. Después de todo, en 1850 el mundo no producía más de 71.000 toneladas de acero (casi el 70% en Inglaterra) y se habían construido menos de 24.000 millas de ferrocarriles (dos tercios en Inglaterra y EE.UU.) Los historiadores no han tenido dificultad en demostrar que incluso en Inglaterra la Revolución Industrial (un término utilizado específicamente por Engels a partir de 1844) (xiv) apenas había creado un país industrial, ni siquiera en su mayor parte urbano antes de 1850. Marx y Engels no describieron el mundo ya transformado por el capitalismo en 1848; pronosticaron que el destino lógico del mundo sería que el capitalismo lo transformara.

 

Ahora, en el tercer milenio del calendario occidental, vivimos en un mundo en el que esta transformación ha producido. En cierto sentido prácticamente podemos ver la fuerza de las predicciones del Manifiesto incluso más claramente que las generaciones que vivieron entre el momento de su publicación y el actual. Porque hasta la revolución en el transporte y las comunicaciones posterior a la Segunda Guerra Mundial había limitaciones a la globalización de la producción, "al carácter cosmopolita de la producción y el consumo en todos los países". Hasta la década de 1970 la industrialización permaneció abrumadoramente confinada en sus regiones de origen. Algunas escuelas marxistas podrían incluso argumentar que el capitalismo, al menos en su forma imperialista, lejos de "obligar a todas las naciones a adoptar el modo de producción burgués, so pena de extinción" perpetraba o incluso creaba, por su naturaleza, el "subdesarrollo" en el llamado Tercer Mundo. Mientras un tercio del género humano vivía en sistemas económicos del modelo del comunismo soviético, parecía que el capitalismo nunca triunfaría en su empeño de obligar a todas las naciones a "convertirse en burguesas". No "crearía un mundo a su imagen". Otra vez, antes de la década de 1960 la predicción del Manifiesto de que el capitalismo conllevaba la destrucción de la familia aparentemente no se había producido, ni siquiera en los países occidentales avanzados donde hoy alrededor de la mitad de las personas nacen o crecen con madres solteras y la mitad de los hogares de las grandes ciudades está formada por una sola persona.

En resumen, lo que en 1848 le podría haber parecido a un lector no comprometido retórica revolucionaria -o en el mejor de los casos una predicción plausible– se puede leer actualmente como una caracterización concisa del capitalismo a finales del siglo XX. ¿De qué otro documento de 1840 podría decirse lo mismo?

 

IV

Sin embargo, si al final del milenio nos sorprende la visión aguda del Manifiesto sobre el futuro entonces remoto de un capitalismo masivamente globalizado, el fallo de otra de sus predicciones resulta igual de sorprendente. Ahora resulta evidente que la burguesía no ha producido "por encima de todo… sus propios sepultureros" dentro del proletariado. "La caída de la burguesía y la victoria del proletariado" tampoco han resultado "igualmente inevitables". El contraste entre las dos mitades del análisis del Manifiesto en la sección "Burgueses y Proletarios" exige una explicación más amplia transcurridos 150 años de lo que era necesario en su centenario.

El problema no reside en la visión de Marx y Engels de un capitalismo que necesariamente transformó a la mayoría de la gente que se ganaba la vida en este sistema económico en hombres y mujeres que para su propio sustento necesitaban ofrecer su mano de obra por jornales o salarios. Indudablemente lo ha hecho, aunque actualmente los ingresos de algunas personas teóricamente empleadas a cambio de un salario, como los directivos de empresa, difícilmente pueden considerarse proletarios. Tampoco mentían al creer que la mayoría de esa población trabajadora sería esencialmente fuerza de trabajo industrial. Aunque Gran Bretaña fue excepcional siendo un país en que los trabajadores manuales asalariados constituyeron la mayoría absoluta de la población, el desarrollo de la producción industrial requirió la entrada masiva de trabajadores manuales durante más de un siglo después del Manifiesto. Incuestionablemente éste ya no es el caso de la producción moderna de alta tecnología intensiva en capital, una evolución que no tuvo en cuenta el Manifiesto, aunque en sus estudios económicos más desarrollados el propio Marx imaginó el posible desarrollo de una economía con menos necesidad de mano de obra, al menos en una época post-capitalista (xv). Incluso en las viejas economías industriales del capitalismo, el porcentaje de personas empleadas en la industria manufacturera permaneció estable hasta la década de 1970, excepto en EE. UU., donde el declive se produjo algo antes. En realidad, con muy pocas excepciones –como las de Gran Bretaña, Bélgica y EE.UU.– en 1970 los trabajadores industriales constituyeron probablemente una proporción mayor de la población total ocupada del mundo industrializado y en vías de industrialización que se haya dado nunca antes.

En cualquier caso, el derrocamiento del capitalismo previsto por el Manifiesto no se basaba en la transformación previa de la "mayoría" de la población en proletaria, sino en la suposición de que la situación del proletariado en la economía capitalista era tal que una vez organizado en un movimiento de clase necesariamente político, podría tomar la iniciativa, agrupar en torno a él el descontento de otras clases y así conquistar el poder político como "el movimiento independiente de la inmensa mayoría en el interés de la inmensa mayoría". Así, el proletariado "se sublevaría para ser la clase dirigente de la nación… [y] constituirse en la nación" (xvi).

Como no se ha derrocado el capitalismo, tendemos a descartar esta predicción. No obstante, y aunque parecía absolutamente improbable en 1848, el levantamiento de movimientos organizados con base en la conciencia de la clase obrera estaba llamado a cambiar la política de la mayoría de los países capitalistas de Europa, lo que existía raramente fuera de Gran Bretaña. Partidos laboristas y socialistas emergieron en la mayor parte del mundo "desarrollado" en 1880, convirtiéndose en partidos de masas en Estados con la franquicia democrática que tanto habían ayudado a establecer. Durante y después de la Primera Guerra Mundial otra rama de los "partidos proletarios" siguió la senda revolucionara de los bolcheviques, otra rama se convirtió en los pilares que sustentaron el capitalismo democratizado. La rama bolchevique apenas tiene ya importancia en Europa occidental o se ha asimilado a la socialdemocracia. La socialdemocracia, tal como existía en los tiempos de Bebel e incluso de Clement Attlee, lucha en la retaguardia. No obstante, los partidos socialdemócratas de la Segunda Internacional, a veces con sus nombres originales, son aún potencialmente los partidos de gobierno de varios Estados europeos. Aunque esos gobiernos fueron menos frecuentes a principios del siglo XXI que a finales del XX, estos partidos han batido el record de continuidad como grandes agentes políticos durante más de un siglo.

En resumen, lo que está equivocado no es la predicción del Manifiesto del papel central de los movimientos políticos con base en la clase obrera (y aún en ocasiones éstos llevan específicamente el nombre de clase, como los partidos laboristas británico, holandés, noruego y australiano). Lo que está equivocado es la proposición: "De todas las clases que se enfrentan hoy a la burguesía, solo la proletaria es realmente revolucionaria", cuyo destino inevitable, implícito en la naturaleza y desarrollo del capitalismo, es el derrocamiento de la burguesía: "Su caída y la victoria del proletariado son igualmente inevitables".

Incluso en los notorios "años cuarenta del hambre", el mecanismo que debía conseguirlo –la inevitable pauperización (xvii) de los obreros– no resultó totalmente convincente; a menos que se basara en la suposición, improbable incluso entonces, de que el capitalismo estaba en su crisis final a punto de ser inmediatamente derrocado. Era un mecanismo dual. Además del efecto de pauperización en el movimiento obrero, se demostró que la burguesía no estaba "capacitada para gobernar porque es incompetente para asegurar la existencia a sus esclavos dentro de su esclavitud, ya que no puede evitar que se hundan hasta tal extremo que tiene que alimentarlos en vez de al contrario". Lejos de proporcionarle el beneficio que alimentara el motor del capitalismo, ahora la mano de obra se lo comía. Pero dado el potencial económico enorme del capitalismo, tan dramáticamente expuesto en el propio Manifiesto, ¿por qué fue inevitable que el capitalismo no pudiera proporcionar sustento, aunque miserable, a la mayor parte de la clase obrera o alternativamente que no pudiera permitirse un sistema de previsión social? ¿Ese "pauperismo" (en sentido estricto, ver nota 17) se desarrolla con mayor rapidez que la población y la riqueza"? (xviii). Si el capitalismo tenía una larga vida por delante como resultó obvio muy poco después de 1848, esto no tenía por qué ocurrir, y efectivamente no ocurrió.

La visión del desarrollo histórico de la "sociedad burguesa" del Manifiesto, lo que incluye a la clase obrera que la misma generaba, no condujo necesariamente a la conclusión de que el proletariado derrocaría al capitalismo y al hacerlo abriría el camino al desarrollo del comunismo, porque la visión y la conclusión no derivaban del mismo análisis. El objetivo del comunismo, adoptado antes de que Marx se hiciera "marxista", no derivaba del análisis de la naturaleza y el desarrollo del capitalismo, sino de un argumento filosófico –incluso escatológico– sobre la naturaleza humana y su destino. La idea fundamental de Marx a partir de entonces de que el proletariado era la clase que no podía liberarse a sí misma sin liberar al mismo tiempo a la sociedad en su conjunto, aparece primero como una "deducción filosófica, en lugar de ser producto de la observación" (xix). En palabras de George Lichtheim: "el proletariado apareció por primera vez en los escritos de Marx como la fuerza social necesaria para llevar a cabo los objetivos de la filosofía alemana", como lo expuso Marx en 1843 y 1844 (xx).

La "posibilidad positiva de la emancipación de Alemania", escribió Marx en la Introducción a la Crítica a la Filosofía del Derecho de Hegel, reside:

En la formación de una clase con cadenas radicales… una clase que sea la disolución de todas las clases, esfera de una sociedad que posea un carácter universal porque sus sufrimientos sean universales y sus reivindicaciones no sean derechos individuales porque el agravio cometido contra él no es un mal particular sino un mal en sí mismo… Esta disolución de la sociedad como una clase particular es el proletariado… La emancipación de los alemanes es la emancipación del ser humano. La filosofía es la cabeza de esta emancipación y el proletariado es el corazón. La filosofía no se puede reconocer a sí misma sin la abolición del proletariado y el proletariado no puede ser abolido sin que la filosofía devenga en una realidad (xxi).

Por entonces el conocimiento que Marx tenía del proletariado no iba más allá del hecho de que "estaba naciendo en Alemania sólo como consecuencia del creciente desarrollo industrial" y que éste era precisamente su potencial como fuerza liberadora, puesto que al contrario que las masas de pobres de la sociedad tradicional, era hijo de una "drástica disolución de la sociedad" y por tanto su existencia proclamaba la "disolución del orden mundial existente hasta entonces". Tenía aún menos conocimiento sobre los movimientos obreros, aunque sabía mucho de la historia de la Revolución Francesa.

En Engels encontró un socio que aportó a la sociedad el concepto de la "Revolución Industrial" y los conocimientos de la dinámica de la economía capitalista como realmente era en Gran Bretaña, más los rudimentos de un análisis económico (xxii), todo lo cual le indujo a predecir una futura revolución social, que sería fomentada por una clase obrera real a la que él conocía muy bien por el hecho de vivir y trabajar en Gran Bretaña al comienzo de la década de 1840. Los enfoques de Marx y Engels sobre "el proletariado" y el comunismo se complementaban mutuamente. Lo mismo ocurría con sus concepciones respectivas de la lucha de clases como motor de la historia (en el caso de Marx derivado principalmente de su estudio del periodo de la Revolución Francesa; en el caso de Engels por la experiencia de los movimientos sociales en la Gran Bretaña pos-napoleónica). No sorprende que "ambos estuvieran de acuerdo en todos los campos teóricos", en palabras de Engels (xxiii). Engels le aportó a Marx los elementos de un modelo que demostraba la naturaleza fluctuante y "autodesestabilizadora" del funcionamiento de la economía capitalista, en particular el esbozo de una teoría de las crisis económicas (xxiv) y el material empírico acerca del auge del movimiento obrero y del rol revolucionario que podría desempeñar en Gran Bretaña.

En la década de 1840 la conclusión de que la sociedad estaba al borde de la revolución resultaba plausible. Como lo era la predicción de que la clase obrera, aún siendo inmadura, la lideraría. Después de todo, a las pocas semanas de la publicación del Manifiesto, un movimiento de los trabajadores parisinos derrocó a la monarquía francesa y dio la señal revolucionaria a la mitad de Europa. No obstante, la tendencia del desarrollo capitalista a generar un proletariado esencialmente revolucionario no podía deducirse del análisis de la naturaleza del desarrollo capitalista. Era una posible consecuencia de este desarrollo, pero no podría señalarse como la única posible. Y aún menos podía demostrarse que el éxito de un derrocamiento del capitalismo por parte del proletariado abriera necesariamente la puerta al desarrollo del comunismo. (El Manifiesto sólo afirma que en ese momento se iniciaría un proceso de cambio muy gradual) (xxv). La visión de Marx de un proletariado cuya misma esencia lo destinara a emancipar a toda la humanidad y a poner fin a la sociedad de clases mediante el derrocamiento del capitalismo representa una esperanza deducida de su análisis del capitalismo, pero no una conclusión necesariamente impuesta por ese análisis.

A lo que el análisis del capitalismo del Manifiesto indudablemente puede llevar –especialmente cuando se adentra en el análisis de Marx sobre la concentración económica, que apenas se insinuaba en 1848– es a una conclusión más general y menos específica acerca de las fuerzas autodestructivas innatas en el desarrollo capitalista. Debe alcanzar un punto –y en 2012 no solo los marxistas están de acuerdo en esto– en que:

La sociedad burguesa moderna con sus relaciones de producción, intercambio y propiedad, una sociedad que ha suscitado medios de producción e intercambio tan gigantescos, es como el aprendiz de brujo que ya no puede controlar los poderes del mundo inferior… Las dimensiones del arco de la sociedad burguesa son demasiado estrechas para abarcar la riqueza que ha creado.

No sería irracional sacar la conclusión de que las "contradicciones" inherentes al sistema de mercado, sin más nexo de unión entre los seres humanos que el descarnado interés propio, el cruel "pago al contado", un sistema de explotación y de "acumulación interminable" que nunca se pueden superar; que a partir de cierto punto, mediante una serie de transformaciones y reestructuraciones el desarrollo de este sistema esencialmente "autodesestabilizador", conduzca a una situación que ya no se pueda describir como capitalismo. O citando al propio Marx, en que "la centralización de los medios de producción y la socialización del trabajo lleguen al final a un punto en que se hagan incompatibles con su integumento capitalista", y ese "integumento reviente en pedazos" (xxvi). El nombre por el que conozcamos la subsiguiente situación es indiferente. Sin embargo, como demuestran los efectos de la explosión económica del mundo en el medio ambiente mundial, tendrá que marcar necesariamente un giro brusco que lo aleje de la apropiación privada para pasar al control social a escala global.

Resultaría improbable que tal "sociedad post-capitalista" se pareciera a los modelos tradicionales del socialismo y aún menos al "socialismo real" de la era soviética. La forma que haya de tomar y hasta dónde encarnaría los valores humanistas del comunismo de Marx y Engels, dependería de la acción política a través la cual se produciría el cambio, ya que esto, como sostiene el Manifiesto, resulta fundamental para la conformación del cambio histórico.

 

V

En la visión marxiana, no importa cómo describimos ese momento histórico en que "el integumento reviente en pedazos", la política constituirá un elemento esencial. El Manifiesto se lee principalmente como un documento de inevitabilidad histórica y en efecto su fuerza se deriva en gran medida de la confianza que proporcionó a sus lectores saber que el capitalismo estaba inevitablemente destinado a ser enterrado por sus sepultureros y que ahora -y no en cualquier otro periodo histórico- han nacido las condiciones para la emancipación. Sin embargo, en contra de las más divulgadas hipótesis, si el Manifiesto alega que tal cambio histórico lo consigue el hombre haciendo su propia historia, no es un documento determinista. Las fosas han de ser cavadas por la acción humana o a través de ella.

Efectivamente es posible hacer una lectura determinista del argumento. Se ha sugerido que Engels tendía a hacerla más que Marx, con importantes consecuencias para el desarrollo de la teoría marxista y el desarrollo del movimiento obrero marxista tras la muerte de Marx. Sin embargo, y pese a que se citase como evidencia (xxvii) en los propios borradores de Engels, no se intuye esta lectura determinista en el Manifiesto. Cuando el Manifiesto sale del campo del análisis histórico y entra en el de la actualidad, se convierte en un documento de opciones y posibilidades políticas -no de probabilidades políticas- y en absoluto de certezas. Entre el "ahora" y el momento impredecible en el que "en el transcurso de la evolución", se produzca "una asociación en la que el libre desarrollo de cada uno sea la condición del desarrollo libre de todos", está el campo de la acción política.

El cambio histórico a través de la praxis social y la acción colectiva constituye su núcleo. El Manifiesto contempla el desarrollo del proletariado como "la organización de los proletarios en una clase, y consecuentemente en un partido político". La "conquista del poder político por el proletariado" (la conquista de la democracia) es "el primer paso de la revolución obrera" y el futuro de la sociedad bascula sobre las acciones políticas posteriores del nuevo régimen (es decir, cómo utilizará el proletariado su supremacía política). El compromiso con la política es lo que históricamente distinguió al socialismo marxiano de los anarquistas y los sucesores de aquellos socialistas cuyo rechazo de toda acción política condena específicamente el Manifiesto. Incluso antes de Lenin, la teoría marxiana no trataba sólo de "la historia nos demuestra lo que pasa", sino también acerca de lo "que tenemos que hacer". Ciertamente la experiencia soviética del siglo XX nos ha enseñado que podría ser mejor no hacer "lo que se debe hacer" bajo condiciones históricas que imposibilitan virtualmente el éxito. Pero esta lección se podría haber aprendido también considerando las implicaciones del Manifiesto Comunista.

Pero entonces el Manifiesto -y ésta no es la menor de sus notables cualidades – es un documento que prevé el fallo. Esperaba que el resultado del desarrollo capitalista fuera "una reconstitución revolucionaria de la sociedad" pero, como ya hemos comprobado, no excluía la alternativa de "la ruina común". Muchos años después, otra investigación marxiana reformuló esto como la elección entre socialismo y barbarie. Cual de ambos prevalezca es una pregunta que el siglo XXI debe contestar.

 

Notas:

(i) Solo se han descubierto dos fragmentos de esos materiales –un plan para la sección III y el borrador de una página, Karl Marx Frederick Engels, Obras Completas, Vol. 6 (Londres 1976, páginas 576 y 577).

(ii) En vida de los fundadores eran: (1) Prefacio a la (segunda) edición alemana, 1872; (2) Prefacio a la (segunda) edición rusa, 1882, la primera traducción rusa de Bakunin apareció en 1869, comprensiblemente sin la bendición de Marx y Engels, (3) Prefacio a la (tercera) edición alemana, 1883; (4) Prefacio a la edición inglesa, 1888; (5) Prefacio a la (cuarta) edición alemana, 1890; (6) Prefacio a la edición polaca, 1892; y (7) Prefacio "A los lectores italianos", 1893.

(iii) Paolo Favil li, Storia del marxismo italiano . Dalle origini alla grande guerra (Milán 1996, páginas 252 a 254).

(iv) Me he basado en los datos del inestimable Bert Andréas, Le Manifeste Communiste de Marx et Engels. Histoire et Bibliographie 1848-1918 (Milán 1963)

(v) Datos de los informes anuales del Parteitage del SPD. Sin embargo no proporcionan datos cuantitativos acerca de las publicaciones previstas para 1899 y 1900.

(vi) Robert R. LaMonte, " The New Intellectuals", New Review II , 1914; citada por Paul Buhle en Marxism in the USA: From 1870 to the Present Day (Londres 1987), pág. 56.

(vii) Hal Draper, The Annotated Communist Manifesto (Centro para la Historia del Socialismo, Berkeley, California 1984), pág. 64.

(viii) El original alemán comienza esta sección con la discusión de das Verhältniss der Kommunisten zu den bereits konstituerten Arbeiterparteien… also den Chartiesten, etc. La traducción oficial en inglés de 1887, revisada por Engels, atenúa el contraste. Una interpretación más fiel sería comparar los "partidos obreros ya constituidos", como los cartistas, etc., con los que todavía no se habían constituido.

(ix) "Los comunistas no constituyen un partido separado opuesto a otros partidos de la clase obrera… No establecen principios sectarios propios para formar y moldear el movimiento proletario" (Sección II).

(x) La más conocida de éstas, subrayada por Lenin, fue la observación del prefacio de 1872 de que la Comuna de París había mostrado "que la clase obrera no puede simplemente tomar el control de la maquinaria del estado ya existente y utilizarla para sus propios fines". Después de la muerte de Marx, Engels añadió la nota al pie de página modificando la primera frase de la Sección I para excluir las sociedades prehistóricas del alcance universal de la lucha de clases. Sin embargo, ni Marx ni Engels se molestaron en comentar o modificar los pasajes económicos del documento. Si Marx y Engels consideraron realmente un Umarbeitung oder Ergänzun más desarrollado del Manifiesto (Prefacio a la edición alemana de 1883) resulta dudoso, pero no hay duda de que la muerte de Marx hizo que esa revisión fuese imposible.

(xi) Compárese el pasaje de la Sección II del Manifiesto ("¿Requiere una intuición profunda comprender que las ideas, puntos de vista y concepciones del hombre, en otras palabras, que la conciencia del hombre cambie con cada cambio de las condiciones de su existencia material, de sus relaciones sociales y de su vida social?") con el pasaje correspondiente en el Preface to the Critique of Political Economy ("No es la consciencia de los hombres lo que determina su existencia sino, al contrario, es su existencia social la que determina su conciencia").

(xii) Aunque ésta es la versión inglesa aprobada por Engels, no es una traducción estrictamente correcta del texto original: Mögen die herrschenden Klassen vor einer kom-munistischen Revolution zittern. Die Proletarier haben nichts in ihr, (es decir "en la revolución") zu verlieren als ihre Ketten".

(xiii) Para un análisis estilístico, vea S.S. Prawer, Karl Marx and World Literature (Verso, Nueva York 2011), páginas 148 y 9. Las traducciones del Manifiesto que conozco no tienen la fuerza literaria del texto original en alemán.

(xiv) En "Die Lage Englands. Das 18.Jahrhundert" (Obras de Marx y Engels I, páginas 566 a 568)

(xv) Ver, por ejemplo, la discusión sobre Fixed capital and the development of the productive resources of society en los manuscritos de 1857 y 1858. Obras completas, vol. 29 (1987), páginas 80 a 99.

(xvi) La frase alemana "sich zur nationalen Klasse erheben" tenía connotaciones hegelianas que la traducción inglesa autorizada por Engels modificó, probablemente porque pensó que los lectores no lo comprenderían en la década de 1880.

(xvii) Pauperismo no debería leerse como sinónimo de "pobreza". Las palabras alemanas, tomadas del inglés, son pauper (persona indigente… que vive de la beneficencia o de alguna provisión pública": Diccionario del siglo XX de Chambers) y pauperismus (calidad de indigente).

(xviii) Paradójicamente, algo parecido al argumento marxiano de 1848 es el término utilizado ampliamente por los capitalistas y los gobiernos del libre mercado para demostrar que las economías de los estados cuyo PIB se doblan cada pocas décadas estarán en bancarrota si no se suprimen los sistemas de redistribución de las ganancias (estado del bienestar, etc.), implantados en tiempos de menor abundancia, y en los que aquellos que obtienen ingresos mantienen a los que no los tienen.

(xix) Leszek Kolakowski , Main Curretns of Marxism, vol. 1, The Founders (Oxford 1978), página 130.

(xx) George Lichtheim, Marxism (Londres 1964), página 45.

(xxi). Obras Completas, Vol. 3 (1975), páginas 186 a 187. En este pasaje he preferido en general la traducción de Lichtheim, Marxism. El vocablo alemán que traduce como "clase" es "Stand", que hoy resulta engañosa.

(xxii) Publicado como Outlines of a Critique of Political Economy en 1844 (Obras completas, vol. 3, páginas 418 a 443)

(xxiii) " On the History of the Communist League" (Obras Completas, vol. 26, 1990), página 318.(xxiv) "Outlines of a Critique" (Obras completas, vol. 3, página 433 y siguientes). Parece proceder de escritores británicos radicales, principalmente John Wade, History of the Middle and Working Classes (Londres 1835), a quien se refiere Engels en relación con esto.

(xxv) Esto es incluso más evidente en las formulaciones de Engels que constituyen de hecho dos borradores del Manifiesto Draft of a Communist Confession of Faith" (Obras Completas, vol. 6, página 102) y Principles of Communism (Ibíd., página 350)

(xxvi) From Historical Tendency of Capitalist Accumulation en Capital, vol. 1 (Obras Completas, vol. 35, 1996), página 750.

(xxvii) Lichtheim, Marxism, páginas 58 a 60

lunes, 3 de diciembre de 2012

¿ES POSIBLE EL INTERCAMBIO SIN DINERO?. Algunas reflexiones a propósito del 1er Trueke: ¡Otra forma de relacionarnos es Posible!




"La forma de valor, cuya figura acabada es la forma de dinero,

es sumamente simple y desprovista de contenido"

 

["Abandónese aquí todo recelo/

Mátese aquí cualquier vileza." (Dante)]

 

Karl Marx

 



Cuando convocamos a participar en el 1er TRUEKE de Estudios Políticos y Economía Política, lo hacemos como excusa para motivar el debate, la reflexión y la crítica fundada en los juicios científicos, en un espacio como nuestra querida Casa de los Saberes, en donde aspiramos que no pocas veces surjan iniciativas de corte formativo y organizativo que aporten a la construcción socialista.


Ahora bien, es necesario contextualizar un poco la convocatoria para que no se preste a equívocos. No pretendemos desafiar 2.000 años de historia por mero capricho, ni mucho menos hacer girar la rueda de la historia hacia atrás, a través de la práctica del TRUEKE invitamos, en animo de aspiración, al ejercicio de explorar críticamente las formas de intercambio que sirven de base a la moderna sociedad capitalista.


Creemos que para entender el estado de cosas actuales y específicamente el complejo modo de producción capitalista, se hace necesario comprender la ley económica que rige el movimiento de la sociedad moderna. Este ejercicio es posible sólo en una perspectiva de crítica de la economía política y retomando una lectura concienzuda de Karl Marx; no por moda, no por obligación, sino más bien como el descubrimiento de una poderosísima herramienta teórica que posibilita la interpretación de la realidad actual y el devenir de nuestro accionar político.


Es por ello que al platear una actividad como el TRUEKE, nos resulta imposible no hacer referencia a la ley del valor o teoría del valor-trabajo, lo que nos conduce directamente a un debate marxista sobre la vigencia o no de dicho planteamiento teórico. Sin ninguna duda tomamos partido y nos inscribimos entre quienes entienden la crisis actual del capitalismo como resultado de condiciones inherentes al propio sistema, en este caso, la propia ley del valor.


Ahora bien, la propuesta es entender a Marx desde una lectura militante, no escolástica, mucho menos dogmática, en tal sentido, y en referencia a la ley del valor, nos preguntamos: ¿Qué es los que hacemos cuando intercambiamos una cosa por otra cosa? ¿Cómo es que una cosa se puede intercambiar por otra cosa? ¿Es posible el intercambio sin el dinero?

En este aspecto es donde el discurso teórico de Marx cobra una fuerza extraordinaria, al colocar al trabajo como fuente del valor de las cosas que circulan en este complejo mundo, es decir, no es cualquier cosa, sino de las cosas bajo la forma mercancía, forma celular económica del modo de producción capitalista. En tanto que son resultado del trabajo humano, dichas mercancías, adquieren un especie de pasaporte que además de permitirle viajar desde las fábricas hacia los contenedores, puertos y demás centros comerciales, hace posible el proceso del intercambio por la misma y única forma de compatibilidad, que no es otra, sino que todas poseen la misma y única sustancia de valor, es decir, trabajo humano. Pero no todas poseen la misma cantidad de sustancia de valor, existen distintas magnitudes de tiempo de trabajo para producir el cumulo de objetos representados en el mundo de la mercancías.


Entonces podemos definir al valor como una propiedad social de las mercancías, en tanto que todas, son resultado del trabajo humano, y por tanto se intercambian por su valor. Esta propiedad de las mercancías es diferente a los precios, pues estos se fijan en el mercado. A través del desarrollo de la forma de valor, el mundo de las mercancías le asigna el rol de servir de espejo de todas las demás a una mercancía en especial, donde todas pueden reflejar su valor, adquiriendo esta la forma de equivalente general o forma de dinero. La cuestión es que en la moderna sociedad burguesa el trabajo adquiere la forma de trabajo enajenado, alienado.


Ahora en forma muy breve tenemos los argumentos para responder las preguntas planteadas: cuando intercambiamos lo que hacemos es cambiar trabajos (no lo sabemos pero lo hacemos), las cosas se intercambian por su valor en correspondencia a que son sustancia y poseen magnitudes de valor, el dinero es una construcción social que posibilita una forma desarrollada y moderna de intercambio.


Los esperamos entonces el 07 de diciembre de 2012 en los espacios abiertos del piso 3, Sede Chaguaramos de la UBV, donde tendremos la oportunidad de encontrarnos para compartir foros y otras actividades, donde podremos debatir estos argumentos y sobre todo abrir el espacio para invitarlos a pensar con autonomía y por sus propios medios, sobre la vigencia de la ley del valor, y formas alternativas de resistencia al capitalismo actual.